Si pensáramos la propuesta de Sartre y reflexionamos
con ella nuestro contexto sociopolítico,
tendríamos lo siguiente: los ministros (por referirme
solo a una parte del séquito gubernamental), con las
decisiones que toman, están proyectando la manera
como les gustaría vivir en sociedad. Así por ejemplo,
y aunque no es el tema que quiero tratar, consideran
que el sistema educativo, sistema cerrado que
impide desarrollar la aplicación de nuevas teorías
al desarrollo del pensamiento y la creatividad de
los educandos, es el mejor. Pero pocos de estos
legisladores, y digo pocos dado que carezco de
cifras, tienen a sus retoños en escuelas y colegios
públicos, por lo que lo que han elegido como bien
(calidad de la educación) es para otros, no para ellos.
Tenemos un sistema educativo, no una filosofía
de la educación. Los libros de texto embotan la
economía de los labriegos sencillos (que por cierto
cambian si acaso el estilo de la portada y el índice:
lo que antes estaba en la página 20 ahora está en la
28; lo que antes tenía un rubro del 30% para fines
evaluativos, ahora tiene un 20%, o un 45%, qué más
da, y lo que antes era un mal diseño grafico, ahora es
peor); limitan la capacidad de algunos educadores:
toda aquella ingente y significativa literatura sobre
Teoría de la educación, Pedagogía y Filosofía de la
educación quedan guardados en algún rincón del
intelecto del docente responsable, dado que no puede
salirse de los parámetros evaluativos aceptados;
y finalmente opacan el candil de la inteligencia y la
creatividad del educando: la mnemotecnia florece,
el pensamiento se marchita. El pilar de la vida intelectual
es la investigación, y muchos adolescentes
concluyen la secundaria sin saber cómo se formula
un elemental proyecto de investigación.
Pero esta propuesta sartreana se podría extrapolar
a infinidad de asuntos, aparte del anteriormente
señalado. Claro está, que no de acuerdo con Sartre, si
no, por el contrario, en desacuerdo con él. En consecuencia,
una acción no sólo responsable sino democrática
y dialogal, debe necesariamente plantearse lo
siguiente: lo que es bueno para mí, ¿es necesaria y
verdaderamente bueno para los demás?
Finalmente, para ingresar al tema de los cajoncitos
azules, quienes aprueban la implantación de
ciertos recursos tecnológicos, ¿es la tecnología que
ellos emplean cotidianamente? ¿es la tecnología
que quieren para ellos y por lo tanto la Tecnología
tal como consideran que debe ser para los demás?
La tecnología que ellos creen buena tecnología, ¿es
verdaderamente buena para nosotros?
No es lo mismo llamar desde un teléfono móvil de última tecnología (en nuestro contexto, claro está),
que llamar desde un cajoncito azul.
Pero…¿qué pasaría si…? Esta es una interrogante
necesaria que deben plantearse aquellos que eligen
la instauración de cualquier política destinada al uso
público de la sociedad a la que dirigen.
Lo que sigue es solo un ejemplo de cómo muchas
tecnologías son, sino inoperantes al menos deficientes,
en nuestro contexto social.
(Continua).
Notas
a Jean Ladrière (1977). El reto de la racionalidad.
En Ramírez, E. y Alfaro, M. (comp.) (1999).Ética, ciencia y tecnología. Cartago: Editorial
Tecnológica de Costa Rica. Se trabaja específicamente
sobre el apartado El impacto de la ciencia
y la tecnología en la ética.
b D´Albe, Fornier (1958). El problema ético del
científico. En Brody, Tomás. El problema ético
del científico. México: Universidad Nacional, s.,
(Cuadernos del seminario de problemas científicos
y filosóficos nº 10). P.331
c Ramírez, E. (2002). Mecanismo de evasión de
la responsabilidad. En Zamora, A. y Coronado,
G. (comp.). Perspectivas en ciencia, tecnología
y ética. Cartago: Editorial Tecnológica de Costa
Rica.
d Cavallieri, L (1984). Tecnología genética: el
científico y su responsabilidad social. Buenos
Aires: Ediciones Tres Tiempos. P. 133
e Sartre, J.P. (1992). El existencialismo es un
humanismo. México: Ediciones Quinto Sol., p.
35
f Idem |