Luego de la AIR extraordinaria del pasado
viernes 7 de noviembre, convocada con bombos
y platillos y con una precipitación inusitada para
ventilar el “caso Valencia”, ha quedado claro el
panorama acerca de causas, entrabes, acusados
y acusadores.
Afortunadamente el llamado a la mesura y a
la ecuanimidad que realizamos fue escuchado
por la comunidad institucional y el movimiento
estudiantil se hizo eco del mismo al mocionar
para que se pospusiera la Asamblea y se transformara
en foro para escuchar a las partes beligerantes.
Todo un acierto, porque ciertamente
se esclareció en mucho el paisaje, que horas
antes lucía oscuro y con amenazas de tormenta.
(¡Ciertamente llovió torrencialmente!)
Ya no es un secreto para nadie que el Consejo
Institucional está virulentamente enfrentado
al Consejo de Rectoría. Hasta el dictamen del
asesor legal contratado por el Directorio de la
AIR, como veremos más adelante, dictaminó
esa verdad de Perogrullo. El entrabamiento de la
institución parte, justamente, de esa confrontación,
la cual, atizada por el exceso de legalismo
por parte de la Auditoría, le confiere un matiz
terriblemente kafkiano.
Esa confrontación nos ha llevado a una
antinomia jurídica que coloca a la academia a
merced de los abogados. La judicialización de
la misma, a tono con la judicialización de la
protesta social en el país y de la institucionalidad,
la cual fomenta el miedo y la mediocridad en
los servicios públicos (sin dar con los verdaderos
casos de corrupción nacional), tal y como
señalara lúcidamente el invitado especial, don
Luis Baudrit, asesor legal de la Universidad de
Costa Rica, nos está conduciendo a un verdadero
caos interno.
Ese miedo y fomento a la mediocridad es lo
que algunos colegas insinúan y acrecientan a la
hora de enfrentar las necesarias discrepancias
políticas e ideológicas al interior de la institución.
Ya no se confronta con ideas, argumentaciones
o tesis, sino con artículos, reglamentos,
leyes, controles y acusaciones de violación a las
mismas. Todo lo que se mueve en la academia
es susceptible de ser procesado por violación a
las normas. El principio y margen de legalidad
se fue al carajo. Veamos:
El Consejo Institucional, disconforme con
la Asesoría Legal, contrata a su propia asesora.
De esa manera, en el “Caso Valencia”, para
ejemplificar, dicha asesora dictamina que hay
violación de la normativa por parte del Rector y
el CI declara sin “eficacia jurídica” el convenio
con la Universidad de Valencia. El señor Rector
presenta un recurso de nulidad el cual es rechazado.
El CI entonces eleva la situación a la AIR. El
Directorio de la AIR recibe la documentación, la
cual se supone ya ha sido dictaminada por la asesoría
legal y la asesora del CI. Sin embargo, no
satisfecho con ello ¡contrata a su propio asesor
legal! Resultado: la apertura de un nuevo frente
beligerante porque el Directorio, a golpe de
tambor convoca a una Asamblea en cuya agenda
toma partido a favor del CI al presentar una
propuesta donde solicita también se rechace el
recurso de nulidad del Rector y una autorización
para abrirle procedimiento disciplinario.
¿Habrase visto tremendo lío abogadil (¡185
páginas!) plagado de inconsecuencias procedimentales!
De continuarse por esa senda pronto
cada vicerrectoría, escuela, unidad, y hasta
funcionario, deberá contratar a su propio asesor
legal. Es la judicialización del miedo y el estado
de anomia institucional provocado por la misma.
La parálisis es el resultado.
La descarga del señor Rector fue coherente y
oportuna. Los compañeros representantes del CI
continuaron en su vocación legalista. Por suerte
por la tarde, don Luis Baudrit, en diez minutos, y
con una brillante sencillez, nos aclaró los nublados
del día: lo que firmó el señor Rector (¡sin
autorización del CI!) no es un convenio, sino
una carta de adhesión, firmada por las otras tres
universidades estatales, al convenio ya existente
y firmado en marzo del año 2004 entre el ITCR
y la Universidad de Valencia. En todo caso, en
abril de este año se firmó el segundo convenio,
porque el primero finaliza este mes de diciembre.
Allí se cayó toda la argumentación del CI y
del Directorio.
Es cierto, queda un pendiente: la normativa
para el uso de los Fondos del sistema del
CONARE. Antes que seguir con una pobre
argumentación de pérdida de autonomía si se
participa en el CONARE, debemos normar el
uso de esos recursos que son fundamentales para
el desarrollo del ITCR y de un sistema integrado
(y autónomo, ¡sí señor!) de la educación superior
pública. No podemos comparar la injerencia de
otras instancias dentro de la universidad, con la
participación del Rector en dicho consejo. Eso
no significa que nos vendamos, como rezaba
la pobre consigna de uno de los más acérrimos
adversarios de la coordinación interuniversitaria
estatal. Y a eso se debe abocar la AIR, precisamente.
Ahora bien, si lo que se persigue es promover
una investigación sobre mal manejo de recursos
en el Doctorado de Administración de Empresas,¿por qué razón, con las evidencias del caso, no
se solicita entonces a la Vicerrectoría de Docencia
que lo inicie? Lo preocupante es que por
una posible antinomia jurídica, se estremezca
la institución con acusaciones gratuitas y con
amenazas veladas. Es importante recalcar que
la Asamblea Institucional, antes que nada, es un
foro político. Es decir, lo que corresponde es la
discusión política universitaria, no el arbitraje
jurídico. Por supuesto, si se evidencia un delito
por parte de un jerarca institucional la AIR deberá
proceder, pero no en la forma atropellada y
confusa en que nos quisieron embutir.
Y sin embargo, lo que colmó el vaso del
asombro, y he allí una razón más para afirmar
que el Directorio tomó partido innecesaria
y contraproducentemente, es la noticia que
circulara alrededor de la asamblea: ¡El señor
Presidente del Directorio habría solicitado,
con vehemencia, a la Oficina de Prensa, que
se publicara la convocatoria a la AIR con su
agenda en el periódico La Nación S.A y en un“lugar estratégico”. Con plena conciencia de su
objetivo, pues dicho periódico ha declarado su
animadversión (para no usar otra palabra) hacia
la universidad pública, especialmente hacia el
TEC, y específicamente hacia el señor Rector,
el Directorio quería encender la mecha de un
estallido inimaginable. ¿Acaso eso no violenta
la autonomía universitaria?
Lo anterior corrobora, y ojalá me equivoque
categóricamente, que hay un grupo opositor en
la institución que, al no atinar políticamente en
sus cometidos, se mueve a través de incitaciones
peligrosas, ya no dentro de la sana y normal
confrontación política, sino, al parecer, y es de
lo más delicado, dentro del ajuste de cuentas y
del rencor pasional. Porque si no se repara en el
daño moral a una persona y en el incalculable
daño a la imagen institucional y a la autonomía
universitaria, ¿en qué se podría reparar?
Supongo, y espero, que en la próxima AIR
extraordinaria donde se vuelva a ventilar el ya
tristemente célebre “caso Valencia”, los estimables
asambleístas sabrán, a tono con el foro y sus
circunstancias, y con la serenidad que otorga un
conveniente plazo para la reflexión ponderada,
tomar una decisión sabia y consecuente con la
academia y con la integridad institucional. |